Abuso Sexual Infantil: signos y síntomas en la infancia, secuelas en la adultez

Depresión mayor con ideación suicida en la adolescencia. Imágenes creadas con inteligencia artificial: no corresponden a personas reales.
Abuso sexual infantil: el silencio, el miedo y la soledad. Imágenes creadas con inteligencia artificial: no corresponden a personas reales.

Si sos padre o madre y tenés dudas sobre algo que le está pasando a tu hija o hijo, acá vas a encontrar respuestas.

Y si sos joven o adulta y sabés que algo pasó, pero solo tenés imágenes difusas, o un recuerdo claro sin las emociones que debería tener — este es el lugar para empezar a darle respuesta a muchas cosas que no entendías. Hoy sí vas a poder entender desde dónde viene esa desconfianza, ese asco, ese rechazo o esa violencia, esa sumisión total, o esos flashes que se cruzan sin saber cómo ni por qué.

Este es tu lugar de confianza. Acá podés hablar con o sin vergüenza, y vas a entender que nunca fue tu culpa.

Si hay riesgo ahora: Línea 137 (violencia familiar y sexual, gratuita, las 24 horas) · Línea 102 (niñez y adolescencia) · 911.

Si sos mamá o papá y algo de tu hija o hijo te está preocupando

Lo que amerita una consulta es un conjunto de señales, como: conocimiento de la sexualidad inadecuado para la edad, cambios pronunciados en la conducta, pérdida de intereses, o enuresis y encopresis reiteradas, luego de confirmar con su pediatra que no hay problemas orgánicos.

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Conocimiento de la sexualidad inadecuado para la edad.
Cambios pronunciados en la conducta.
Pérdida de intereses.
Enuresis y encopresis reiteradas (con problemas orgánicos descartados por su pediatra).

Si reconocés una o más, no es un diagnóstico. Es un motivo para una evaluación profesional cuidadosa.

Por qué los chicos no lo cuentan

Habitualmente, los chicos atraviesan un Trastorno por Estrés Postraumático — el mismo cuadro que puede sufrir una persona que vuelve de una guerra, pero en este caso es un niño o una niña. No entienden lo que les pasó. No saben qué es. Se sienten sucios, como si hubieran hecho algo mal.

En la mayoría de los casos, han sido amenazados por quien perpetró el abuso: con hacerles daño a ellos, a sus hermanos, a sus padres, o con que nadie les va a creer. Además, sienten muchas cosas que no tienen forma de poner en palabras, y no encuentran a dónde escapar.

Desgraciadamente, una vez que el abuso comienza, la mayoría de las veces no se detiene — ni con esa víctima, ni con las demás a las que el perpetrador tenga acceso. En la adultez, es habitual que la persona no recuerde más de un episodio: generalmente el último, porque fue el momento en que el perpetrador fue descubierto, o el primero, porque el resto de las veces la mente del niño o la niña se disocia para poder sobrevivir a semejante nivel de retraumatización.

No lo cuentan, aunque se les haya inculcado que deben hacerlo, porque su mente todavía no está preparada para procesar que alguien en quien confían totalmente —muchas veces con rasgos psicopáticos— pueda mostrarse afectuoso mientras busca ganarse esa confianza. Cuando no se trata de un familiar directo (padre, madre, hermano o hermana, abuelo o abuela, tío o tía, primos), suele tratarse de alguien del entorno cercano, como un vecino.

La culpa y la amenaza suelen funcionar como un candado que encierra la angustia durante años, y en muchos casos hasta bien entrada la adultez. Contarlo no es lo usual, es la excepción: lamentablemente, la mayoría de las veces no llega a decirse nunca.

Casi el 90% de los casos son intrafamiliares o de personas muy cercanas al entorno familiar. La cifra real probablemente sea aún mayor: al ser un tema tan silenciado, muchísimos casos nunca se denuncian ni toman estado público, y por lo tanto no existe una estadística que los capture.

Qué hacer hoy

Hay conductas que, por sí solas, permiten sospechar. Es importante diferenciarlas de los juegos de autoconocimiento y exploración corporal que son parte normal del desarrollo entre los 5 y los 7 u 8 años. Lo que sigue es claramente distinto a eso.

Recuerdo una paciente que, en la adultez, pensaba que el abuso había comenzado a los 8 o 10 años — hasta que recordó que, a sus 5 años, su maestra de jardín le había llamado la atención porque, mientras sus compañeritas y compañeritos jugaban en la sala, ella estaba sola, frotándose contra la esquina de una mesita, contra su zona pélvica.

Con esa sola imagen ya alcanza para hacer una consulta. Ninguna conducta aislada da una certeza absoluta, pero tampoco hace falta esperar a tenerla.

Lo primero es mantener la calma y no presionar. Lo segundo es buscar un profesional que se especialice específicamente en este tema. No todos los psicólogos sabemos de todo, y mucho menos de algo tan específico y sensible como esto. Un profesional puede trabajar muy bien con niñas y niños en general, y no estar formado para esto en particular.

Si una niña o un niño te contó algo, o algo te hizo sospechar, lo más importante es no asustarlo ni contaminar lo que sabe.

Escuchalo sin interrogar. No hagas preguntas dirigidas ni le pidas detalles.
Decile que le creés y que hizo bien en contar. No le prometas guardar el secreto.
No confrontes a la persona sospechada.
Anotá con fecha lo que dijo, con sus palabras, y consultá con un profesional.

Atiendo usualmente desde los 7 u 8 años por videollamada, aunque según el caso puedo atender a niñas y niños más pequeños. Siempre con la madre o el padre presente en la videollamada. La primera entrevista es con los adultos que consultan.

“¿Y si no lo recuerdo bien? ¿Y si siento que no fue así?” Es una de las preguntas más frecuentes, y más dolorosas, que recibo en consulta.

Si sos una persona adulta y te pasa que tenés imágenes vagas, como flashes que se cruzan sin poder ordenarlos, o sentís un temor enorme de que algo así le pueda pasar a tus hijas o hijos, esto es para vos.

He escuchado en consulta a muchas pacientes y pacientes que solo recordaban un detalle aislado: una ventana, una gotera en el techo, la parte de abajo de una cama cucheta. Ese recuerdo fragmentado aparecía de golpe y generaba una angustia desproporcionada para lo que parecía “solo un objeto”. Lo que estaba ocurriendo era que la mente se disociaba para sobrevivir al trauma, desconectándose del cuerpo para no sentir.

Otras veces, lo que aparece es distinto: una excitación normal, previa a una relación sexual, que de pronto se corta de golpe, como si tiraran un balde de agua fría, y desaparece todo el goce aunque la persona pueda seguir. O el rechazo intenso a ciertos olores o sabores, o al contacto de determinados fluidos con la piel. O zonas del cuerpo, o palabras, que quedaron completamente sin sensibilidad. O sonidos. O la sensación de peso o de asfixia por el cuerpo de otra persona encima.

“¿Pero cómo no me voy a acordar de algo así?” es una pregunta que también escucho seguido. La respuesta es que la mente, para proteger la integridad de la persona, produce una negación total. Es tan grande la confusión generada que se instala un embotamiento afectivo: “no pasó”. Eso no significa, de ninguna manera, que haya sido consentido, y mucho menos que a la persona “le haya gustado” — como muchas veces se juzgó, y todavía se juzga, este tipo de atrocidades cometidas contra menores.

“¿Y por qué no me resistí, o no me fui?” es otra pregunta habitual. La respuesta es simple, aunque duela: ¿a dónde ibas a escapar? ¿Quién te iba a salvar? Contarlo no se podía, por las amenazas, por la culpa que te hicieron sentir, y porque sabías que algo estaba mal — pero nunca, nunca fue tu culpa.

¿De dónde se escapa cuando quien abusa es un tío, hermano de tu mamá o de tu papá? ¿Y cuando es tu propio padre o padrastro? Y en los casos más difíciles de nombrar: cuando la madre sabía, y hasta le tenía celos a su propia hija, culpándola por “quitarle” a su pareja. Recuerdo el caso de una paciente de 39 años que durante mucho tiempo no pudo contar lo que le había pasado, porque no lograba terminar de creer que su propia madre le tuviera celos y la culpara a ella. Estamos hablando, en esos casos, de psicopatía y perversión — y son, lamentablemente, los casos que menos se cuentan, y los que jamás aparecen en ninguna estadística.

Muchas veces también aparece como violencia o inestabilidad en la elección de pareja: buscando, sin saberlo, cambiar a alguien nocivo con la esperanza de que esta vez la historia termine distinto. Eso nunca sucede.

Cómo trabajo

Voy al hueso. Soy directo, y con preguntas sutiles pero directas busco que puedas entender que sé lo que sufriste — o llegar a tener una dimensión clara de que sos un sobreviviente o una sobreviviente. Paso a paso, vamos identificando las secuelas que esto fue generando a lo largo de tu vida, y vas a poder entender cómo tu presente, y muchas de las decisiones que más te han afectado, tuvieron que ver con este hecho tan perturbador.

Por supuesto que se sana. Pero es un trabajo arduo. Suelo decir que es como una bomba que cayó: además del pozo que deja, deja esquirlas. No es fácil, pero con pautas claras y trabajo constante, se supera. Si hubo abandono, o si fueron muchos los años de abuso, hay más para trabajar — pero la paz, la tranquilidad, la sensación de estar viviendo de verdad por primera vez, llega.

Y hay algo más, que no es menor: si sos mujer y sos madre, y no elaboraste tu propio abuso sexual, se cae un velo que te impide identificar a los posibles perpetradores a tu alrededor. Aunque desconfíes de todo el mundo, vas a terminar confiando en quien no deberías.

Recuerdo el caso de una paciente que había sido abusada, de niña, por su abuelo materno. Años después, cuando tuvo a su hija, la dejaba al cuidado de su propia madre — que vivía en la misma casa que el abusador. Mi paciente tenía la fantasía de que la madre que no había podido cuidarla a ella sí iba a poder cuidar bien a su hija. Nunca pensó en dejarla con nadie más, porque “solo confiaba en ella”. Eso sucede. Y por eso este trabajo no es solo por vos: también es por quienes vienen después.

La primera entrevista

Dura 50 minutos, por videollamada.

Si consultás por una niña o un niño, la primera entrevista es con los padres o adultos responsables.

Online y en privado

Atiendo completamente online. Eso permite trabajar con la privacidad y el resguardo que estos procesos requieren. Nadie te ve entrar a un consultorio, y no hay traslados ni esperas que hagan más difícil dar el primer paso.

Lo que hablamos en consulta es confidencial.

Empezar

No hace falta tener certezas para empezar. Si algo de lo que leíste te tocó, ya es una señal suficiente para conversarlo.

Tampoco hace falta contar nada en el mensaje. Un “Hola, quiero consultar” alcanza. Te respondo personalmente para coordinar día y horario.

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